Andrea (nombre ficticio) y yo nos juntamos a pasar un rato
jugando una vez a la semana. Quizás de su boca no sale la palabra hola pero
cada vez que viene se queda parada delante de mi esperando a que me agache. Me
mira a los ojos de forma intermitente y, en vez de ser ella quien se acerque,
prefiere que sea yo quien se agache y diga su nombre.
Como somos tan buenos amigos, cada vez que nos vemos nos
abrazamos. Ella se sienta en mi muslo y nos decimos que nos alegramos de
vernos. Para decirlo no nos hacen falta las palabras. Entre los amigos, casi
siempre, sobran las palabras.
A Andrea le gusta ver cómo están los animales y también chequear
que todo sigue en su sitio. Cuando llega inspeccionamos todo, y si he hecho
algo nuevo me gusta enseñárselo. Le cuento todas estas cosas porque a ella le
gusta saberlo.
Después vamos a la pista a jugar con el caballo. Ella sabe
que decir para que el caballo ande o se pare, también sabe señalar donde se
encuentra cada cosa en la pista. Hacemos nuestros juegos de siempre y, al
terminar, dejamos todo en su sitio. Yo tengo el defecto de ser bastante
desordenado pero, por suerte, Andrea me ayuda a que las cosas no se pierdan y
puedan estar guardadas para cuando las volvamos a necesitar.
Al terminar, a mi me gusta que vayamos a dar de comer a los
animales. A Andrea a veces le asusta un poco todo ello. Nos agachamos en el
suelo y nos damos un abrazo, después andamos cogidos de la mano y vemos qué
vamos a hacer.
Ahora nos entendemos de maravilla. Hemos aprendido que se
habla con las manos y con los gestos de nuestra cara. También con palabras y con
trocitos de papel plastificado. En definitiva, si nos entendemos no importa
cómo hablemos.
Ahora nos llevamos genial. Hemos aprendido que cuando uno no
se encuentre bien debemos hablar a la misma altura. Cuando jugamos con el
caballo no hay problema porque ella va sentada arriba. Si estamos en el suelo
yo me agacho.
Ahora lo tengo claro. Puedo ser su educador, puedo ser su
terapeuta pero también soy su amigo.
Estar cerca de Andrea me ha enseñado a comunicar mis
emociones claramente con los gestos de mi cara. También a explicar las cosas
con la información precisa y necesaria, es decir, a no irme por las ramas.
Estar cerca de Andrea me ha enseñado a tomar siempre en cuenta cómo se
encuentra la persona que tengo delante. Estar junto a Andrea me ha hecho
entender que la comunicación es una cuestión, al menos de dos. Que el problema
no está en el que no entiende, sino en los no saben entenderse.
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